A ti, mujer que “toleras”

 

¡¡Vayan, salvaguarden y sonrían!!!

Emisora central, 091; una noche cualquiera.

Y hacia allí nos dirigimos; observamos nada más verla, que  existía dolor, un inconmensurable sufrimiento; desfilaban años oscuros, nadie se resistía.

Una ciudad. Año  1998.          

 

Ciudad de Toledo. Año 2017.

La brasa de la estufa del semisótano, donde estaba instalada, parece ser que desprendía demasiado calor, mi perro, se retiró detrás del triple sillón. Sentados, mi compañero Jorge y yo, recordando años pasados, nos apetecía estar juntos, lo añorábamos, habían pasado diecinueve años desde nuestro último encuentro

Qué tiempos aquellos:

La noche turbulenta de oscas sombras, era diferente: escocía el aire. Adormecido, pero con los ojos irradiando luz, nos dirigimos al lugar indicado: calle oscura, atolondrada de penumbras. Ella apareció sin ser vista, sin esperas, radiante pero al mismo tiempo tenebrosa, capucha al frente, fantasma entrecruzado por lienzos amarillos caídos y  pasajeros, ¡¡buenas noches y adiós!! Al cabo de unos minutos, se apeó despacio, nerviosa, mirando a los lados, por si volvía a topárselo. Y se evaporó fulgurante, ante y entre nosotros, se le adivinaba una cara de virgen del románico, llena de tristeza y dolor ¿quién seria, qué pasaría? Preguntas que quedaban sin respuestas  y que se repetían en itinerantes noches tumultuosas, noches de escalofríos. Desapareció entre la arboleda y un edificio solemne, donde reposaba la cultura del pasado y se enseñaba la del presente, ella, conservaba los pisos centelleantes y los libros inmaculados, sin polvo.

¿Sabes? y me contó, que fue maltratada, humillada, por el, que su segundo y asiduo “acompañante”, diario, y nocturno, un cuchillo, que usaba para sus cazas innobles, nocturnas y furtivas, entrelazado entre sabanas de terciopelo, recuerdo de otros tiempos, ya arrinconados en el subconsciente lejano.

Ya solo se dejaba hacer, y que fuera placentero para la eterna  suspicacia de su compañero, el vil. Aprendió a simular una sonrisa pícara, sus ojos  bañados, ocultos entre lágrimas,  velada entre almohadas de algodón, hasta el amanecer.

 Una noche, de tantas de delicias amargas,  innobles, acuosas, llenas de acometidas pero de dolor indemne.   El, con olor a putrefacción. Ella entre oscuros pensamientos e internos vómitos, sus llantos transcurrían   silenciosos, algunas veces se escurrían a través del angustioso sonido de la noche observadora, y traspasaban   cortinas traicioneras, hasta introducirse en unos oídos sensitivos. La angustia, y  emoción  controlada   asiduamente, se le escapó, y  bramó su piel y asaltaron su desdicha, al escuchar los gritos de los hijos   reclamándole risas y no llantos, y se le partió el corazón. Y  deshollinó ese sueño eterno en que se encontraba   imbuida, silenciosa, cauta, amorfa, y pensó: ¡esta es mi despedida! Y demandó malévola y vergonzosamente   ayuda, ¿sin esperanza…?

Y con diaria inercia puntual, observaba que era trasladada, por hombres ¿buenos?, pero que la protegían y en sus rostros creía advertir una mueca de júbilo y satisfacción.     

Y todo y nada empezó, y  el advirtió la piel lacerada de su cuerpo, entrelazada con las heridas que su alma disimulaba, y nunca emergían. El corazón henchido, no de paja, sino de gozo, de pasión, pero debía esperar a que cicatrizasen también esas lesiones de su mente, producidas por un hombre malévolo y maldito.

Y el tiempo apenado  pasó, y  se desfloró su alma entumecida.

El adoró su corazón, ella, recobró su belleza marchita.

“Hace algún tiempo, tres almas buenas me escoltaban en un periodo inmisericorde y nulo de mi vida, ¡¡jamás preguntaron porque!! Tomé la decisión de añadir años nuevos a mi vida no vivida, e intente alejar a mis acompañantes perennes, el uno forzado, pero afilado y atroz, el otro  de lengua maldiciente, ojos malolientes, y manos de sierra oxidada, clavadas al desdén, e itinerantemente en mis entrañas insensibles.

Y las lágrimas saborearon mi paladar.

Y reapareció la alegría a esos ojos rosáceos, itinerantes de dolor, encallecidos  de sirvienta y envilecidos por un anónimo incapaz de volverlo a nombrar.

“Y escuché ya en libertad a las alondras en sus cantos mañaneros  sus trinos delirantes, y escapé de los submundos, aterrorizantes  y pérfidos de un hombre sin coraje, ternura ni devoción, y volví a la vida que se me había negado por ser mujer subyugada y cobarde a veces, consentida”.

Y sus ojos me atosigaron de gratitud. Y se enganchó al  amor.

“¡¡¡Gracias, por ser tú una de esas almas clementes y sensibles que el tiempo puso a mi lado y  que me acompañaron sin preguntar  en esas noches en las que me faltó valor añadido!!!”

Que humano eres Jorge.

Y el abrazo profundo, triste, acongojado, suave, pero  verdadero, la desentumeció de sus años imbuidos de terror.

Hay que volver allí, hay que regresar a vivir, o mejor, revivir, ese tiempo que un desalmado no sin querer, te robo.

¿Sabes? Jorge. Mi primera impresión cuando la vi acercarse al coche patrulla, capucha, desangelada, pensé; en una mujer herida, intuí que llevaba clavado dentro un dolor infinito, del que nunca podría escapar, que jamás volvería a vivir ni sentir.

Y tú volviste a dibujarle una sonrisa eterna en su cara.

¿Qué tal está tu mujer?

Estudió. Es Bibliotecaria. Desea volver a verte.

Aticemos  leña,  nos estamos quedando fríos

¡¡¡ Brindemos por la felicidad de todas ellas!!!

“Y hoy ya, con los años surcados, pero en plena y lúcida vejez, me transfiero a aquellos lustros, felices y atroces, y la recuerdo a ella, con años transcurridos, unos cosidos, otros bordados, y  algunos recosidos, pero atrozmente feliz, y llegó a la conclusión de que volvió a renacer a su vida, ya  en aquellos tiempos casi acabada y hundida”.

Comenzaba a “descubrirse” una realidad callada, sangrante, pírrica, de carcoma oxidada, que consumía constante y calladamente a mujeres, y sus sueños, plenos/repletos/colmados de flores, rosas, claveles, geranios, y amapolas blancas, como la esperanza, que nunca deberían haber estado ocultos y sí, permanecer henchidos de aurea  libertad. 

Toledo 22 de Noviembre - 2017