El tropezon

16.12.2019 13:40

 

 

El tropezón

Y allí todos los domingos. Y ya sabéis…, yo era un niño. Iba  donde me llevaban

La casa se hallaba en las afueras del pueblo, se llegaba a ella a través de un camino plagado de ruidos irreconocibles. Al final del mismo el cementerio. Sin iluminación para llegar a ella. Al fondo se vislumbraba su contorno. Oscura, lúgubre. La misma parecía abandonada, las paredes desconchadas, casi en  ruinas. 

Mi tía Rosario nos recibía. Pasar, pasar….nos invitaba. Así nos decía, la casa iluminada con velas rezuma más espiritualidad.

Siempre estaba ella imbuida en una túnica de luto consentido. Cara pálida,  gafas de nácar, pelo recogido en un moño y mantilla al hombro. Eran otros tiempos, la gente callaba, rezaba al amanecer. De misa los Domingos y fiestas de guardar .

La casa interiormente rezumaba melancolía, tenebrosa, fría, luz tenue, olor a iglesia e incienso.  Mis padres, cumplían con el segundo deber dominical en dicho domicilio. Visitarles. El primero naturalmente era asistir a misa.

-Nada más abrir la puerta mis ojos se trasladaban a la imagen de  una virgen con mirada de madera que presidia el pasillo de entrada a la misma. A veces cuando la observaba entre velas emulaba desazón. 

-Eran familiares de mi padre según me decían. Hermanas, ambas con caras tristonas: La soltera regentaba una pequeña tienda donde vendía figuras bíblicas. La  casada lo estaba con un hombre bueno, común, sencillo, se podría decir.

- Mis manos de niño se agarraban al vestido de mi madre cuando de lejos entre sombras lo intuía. 

- Y allí estaba. Parecía “congelado”. Un gran cuadro presidia el salón. Este representaba al infierno me decían.

Allí  irían los niños malos. Y lloraba y temblaba. No podía dejar de mirarlas. Personas con caras suplicantes en la parte inferior intentaban sacar sus cuerpos del fuego eterno  imploraban a una virgen que los miraba desde las alturas.  Yo continuamente me negaba a  entrar a ese  comedor.

  Y a un lado del mismo veía sus figuras tétricas. Colgadas dos túnicas negras de nazareno.       Con sus respectivos capiruchos. 

  -Es para que no se apolillen, aquí las tengo vigiladas, con una risa sarcástica nos comentaba    mi tía. Continuamente con mantilla y rosario en mano.

Encima de la chimenea del salón, la cual nunca vi encendida, exhibía mi tío colgada una escopeta y una brújula, que solo la utilizaba en temporada de caza. 

-La escopeta es para matar animales claro: La brújula es por si algún día en el monte me pierdo. Hay que ser prevenido.

-Mama yo no quiero venir más donde los tíos.

- Mi madre con mirada seria se dirigía a mí: Los niños obedecen y callan. Y regresábamos cada domingo a la casa tétrica.

- Un domingo a través de sus gafas de nácar, mi tia les explicó a mis padres. A los niños nunca se dirigía. En pocas y sencillas palabras que su hermana y cuñado estaban en Roma. Visitarían con los feligreses de su parroquia al Papa, y ya que estaban en Italia disfrutarían de Venecia. Era época de carnavales.

- Y  mis tíos volvieron con unos escapularios y una máscara veneciana. 

 Mi  llanto es continuo desde la muerte de Manolo, les comentó  la mujer de mi tio Manolo a mis  padres. Le recuerdo todos los días y a todas horas. Era un marido perfecto. Solo tuvimos una   discusión en la vida y fue por la maldita mascara con cara de demonio que se empeñó en   comprar.

- Es solo una máscara me decía.

-Decidido. Hoy primero de Noviembre te la dejare encima de la tumba, con tantas flores la gente   no se dará cuenta quien la puso. A mí también, como a Juanin me asusta cada vez que la miro.

Se encaminó al cementerio con la máscara en el interior de una gran bolsa. Con los nervios olvidó ponerse el reloj que su difunto le había regalado. Era supersticiosa. Solo en puntuales momentos lo apartaba de su muñeca.

Aquel día de todos los santos el sol se arrinconó apresuradamente  para dejar paso a una luna de sangre, que entre niebla persistente, llovizna intermitente no parecía que fuese feliz de despertar. Se preveía una noche de gritos, desgarros y ánimas.

Mirando fijamente la foto de su marido expuesta encima del mármol de la tumba, se  dirigió a el con el pensamiento. Se excusó de irse pronto, pues…..- Manolo, debe ser tarde y cerraran el cementerio, en cuanto pueda te hare otra visita. Te dejo la máscara que tanto te gustaba. Se santiguo, dio un paso hacia atrás, se engancho con el tacón con una pequeña piedra,  tropezó y cayó. 

-A los pocos segundos despertó de lo que parecía haber sido un sueño eterno. Un pequeño reguero de sangre le recorría la mejilla. La teja de la cabeza se le había clavado. Noto un dolor enorme cerca de la sien.

Intento ponerse de pie pero le fue imposible. Sus pies no le respondían.

Al momento se le olvidaron los dolores al darse cuenta donde había caído. Una tumba vacía.

Horrorizada empezó a gritar Tantos y tan agotadores fueron sus chillidos  que pocos instantes después estaba afónica.

Nadie parecía oírla. Lloro desesperadamente. Entro en pánico. Por sus piernas empezaron a derramarse los orines imposibles de contener

-¿Has oído eso?  Pregunto el enterrador a su compañero. No he oído nada, le respondió.

-Espera antes de cerrar entremos a ver que ha sido.

-Los cojones voy a entrar anocheciendo, entra tu, yo te espero aquí, que para eso eres el que manda.

-Yo no entro a estas horas. Mira la luna. Es noche de espíritus. Es día de difuntos. Los murciélagos, están alterados.

-Bueno anda cierra y vámonos, mañana echaremos un vistazo.

Al despertar Rosario miro aterrada y observo con angustia que había caído  en una tumba vacía  lindante con la de su marido. Sintió terror al darse cuenta que era profunda. Intento salir, pero las paredes estaban heladas y las manos le resbalaban. Chilló con todas las fuerzas que todavía le quedaban. Siguió bramando, llorando. Vomito, empezó a temblar, sudaba de frio. Se desmayo. 

La noche había sido gélida, oscura, como vaticinaron. Noche de ánimas,  aquel primero de noviembre. 

Por la mañana los sepultureros se dispusieron a empezar su rutinario trabajo. Embutidos en prendas de abrigo, gorros y guantes.

- Hay que terminar la tumba, que dejamos ayer a medias. A primera hora tenemos un entierro. Después tomaremos café.

La primera palada de tierra en la tumba sonó a hueco. El sepulturero miro hacia abajo para ver el porqué de ese macabro sonido. Se inclino, dio unos traspiés y cayó a la tumba. Su cabeza reboto contra una de las paredes. Toda la noche había estado lloviendo, esta estaba encharcada.

 La hostia, que me he dado, joder. Incrédulo y con el miedo en el cuerpo se asusto al ver la   máscara y algo que sobresalía de la tumba. Un escalofrió le recorrió el cuerpo. El agua le   llegaba a la cintura. Resbalo, tropezó y se golpeo de nuevo la cabeza. 

 Era su segundo día de trabajo en el cementerio. 

Ya nunca visitaría los carnavales de Venecia, como le había prometido a su mujer en su segundo aniversario de boda.

El  espectáculo que se encontraron los sepultureros  fue dantesco. Una vez que accedieron a la tumba inundada. 

Flotando la máscara.

El sepulturero intentó izar el cuerpo de lo que creía era su compañero.

Pero observó con cara de asco que era un cadáver hinchado, con ojos de asombro amoratado con un vestido inundado de gusanos y unos zapatos de tacón.

La mujer de mi tío solo intentaba deshacerse de esa carátula que nunca le había gustado. Parece que a la máscara le había llevado un tiempo cobrarse su venganza.

El cementerio solo es para mí un lejano recuerdo. Jamás lo congratulo con mis visitas…por si acaso.

 -Y yo nunca volví  a la casa tétrica. La veía solo de lejos, y volvía a temblar solo mirarla de   refilón. Hoy en día subsiste en completa ruina. Deshabitada. Seguro que solo habitan en ella   espíritus y espectros del más allá.

                                                                                                                           Manu & Willy 

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