Una vida comprometida

12.01.2019 18:45

 

Una vida comprometida

Después del desayuno, lo primero que hago al volver a mi celda es dedicarme una hora a la lectura

Siempre, mis ojos recalan en una frase, de Leonardo Da Vinci que escribí en mayúsculas en cada uno de mis libros.

¡Oh miseria humana, a cuantas cosas te sometes por el dinero!

Y vuelvo a recordar mi vida cuando disfrutaba de un salón de 300 metros, a compartir una celda de 11, con otro interno, de una cárcel del centro de España me da tiempo para reflexionar sobre ella, por qué sucedió y como he llegado hasta aquí.

No sé qué tiempo podre aguantar en esta situación, pienso que mi vida la destrocé por mi lujuria no sobrevenida, si no por los lujos en exceso que yo creía que me harían más importante, más feliz. Pero me di cuenta que todo es efímero, lo pude comprobar cuando ya estaba despedazada por completo mi existencia.

Me rodeé de personas egoístas que nunca me quisieron, solo buscaban el lujo que en determinados momentos les podía ofrecer. Mi posición de gran ejecutivo, les hacia acercarse a mí, lo hicieron por puro egoísmo.

MI carrera al éxito no fue difícil. No se me daban mal los estudios, cuando accedí a la facultad, coincidí con el que sería más tarde, una alta autoridad a nivel político, y mi cercanía a él se acrecentó cada día más. Exclusivamente lo hice, por mi propio interés.

Después este, cuando empecé a declinar en mi vida profesional, me rechazo al más puro ostracismo.

Todos los lujos inimaginables y que deseaba a mi alcance, los gozaba. Y el que se me resistía lo compraba. Así de fácil.

Retoques estéticos en mi piel. Vestimenta de las mejores marcas, comidas, hoteles, joyas, viajes, safaris, cruceros, mujeres.

Todo basado y conseguido a base de engaños a clientes del banco que rezumaban buena fe en mi gestión. A los mismos los conduje a la más espantosa ruina. Me comporté como un  ser innoble para todos ellos.

La familia era como un cordón umbilical. La abandoné. Deseaba seguir disfrutando de la vida, con una joven que conocí en uno de mis viajes. Ella era todo alegría, poseía juventud, sueños, egoísmo… se adaptaba completamente a mí.

Era simplemente un triunfador, me era indiferente a quien dejase en la cuneta, miraba solo por mí mismo.

Inmiscuido en mis pensamientos el funcionario me comunica acercándose a mi celda, que se ha decidido mi libertad provisional a la espera de juicio, por malversación de capitales.

Los otros delitos de los que se me acusaba arribarían posteriormente.

 Después de un fin de semana con atractiva y joven mujer, la única persona   que me recibió en la puerta de la cárcel, decido de acuerdo con ella retirarme   a un monasterio budista unos meses  para meditar sobre mi futuro.

Las enseñanzas, la lectura, la meditación, el silencio y la abstracción en mi mismo, que me acompañó durante el tiempo en el monasterio, me hicieron recapacitar sobre mi vida anterior.

Decidido, me  reincorporé a la sociedad con un “carácter nuevo”.

Intento ser leal, practico, pero no me fio de nadie, han vuelto a mi lado para intentar ver si consiguen algo en su propio beneficio, ahora de nuevo son todo sonrisas. Me quieren, o eso dicen, pensando que volveré a ostentar el poder que antes ejercí. Sé que sus sonrisas les incomodan a ellos mismos. Hipócritas en su faceta más oculta.

Pero me sentía incomodo, en mi nueva faceta, después de meses alardeando que era un hombre diferente.

Imposible seguir con ese cinismo autoimpuesto.

Después de mi primera salida de la cárcel, llegaría una segunda. Unos  días antes había vuelto a recibir una citación del  juzgado, me esperaba otra vez la celda 111, resurgían  nuevos delitos pendientes.

No soportaría más humillaciones.

Recapacitada y rumiada. La decisión estaba tomada.

A las cuatro de la mañana son muy pocos los coches que vislumbras por la carretera. Me dirigía hacia un destino ya sabido de antemano. Mentí a la única persona que creo que estaba a mi lado por verdadero amor. Pero mi cabeza y mi cuerpo no podían aguantar más la frívola, e Incoherente vida que realizaba.

Salude al capataz de la finca que no se extraño de las horas intempestivas de la madrugada a las que arrimaba a la misma. Estaba acostumbrado a mis caprichos. Nunca salía una palabra de enojo de su boca, pero  percibía en su cara que mi persona no era de su agrado. Nunca lo fue. Y más desde que las noticias eran extensas y no agradables sobre mí. Todos los empleados de la finca evitaban toparse con mi persona.

No he sido un ejemplo para nadie.

Apoyo la pequeña maleta sobre la cama del dormitorio que esta exclusivamente reservado para mi persona.

Y acto seguido me dirijo al establo.

Mientras extraigo de mi cintura el cuchillo, pienso para lo que lo he utilizado. Con él, me he regocijado rebanando el cuello de los animales que han quedado mal heridos intentando abatirlos.  Me gustaba verlos sufrir. Los he matado por el simple placer de hacerlo. Ahora estos adornan en forma de trofeo mi salón.

Lo agarro de su empuñadura de cuerno de bisonte (también abatido con mi rifle) y poso el mismo en mi muñeca izquierda, apretando, lo deslizo suavemente hacia la derecha. Y luego en la otra lo hago en dirección contraria. La sangre comienza a deslizarse por mis dedos. Las primeras gotas ennegrecen el suelo blanquecino.

Observó el liquido viscoso, la suavidad con sabor fruta con canela empieza a invadir mi cuerpo.

Sera lenta y tranquila, según he leído.

Comienzo a morir dulcemente. Como no había vivido.

Dejo recaer mi cabeza y dirijo mis ojos que ya empiezan a nublarse, al suelo. Y recuerdo unas palabras de la biblia:

 “Haz guardar la espada en su lugar, ya que todos aquellos que toman la espada, perecerán por la espada”

 Pero antes apretó el gatillo de mi arma de fuego. Será mi último disparo.

El capataz al oír el tiro, conocía perfectamente ese sonido, se levanta de la cama, zapatillas y albornoz, se dirige a paso rápido hacia las  caballerizas. De ahí provenía dicho disparo.

El  cuerpo de una persona yacía de lado. El capataz, ni lo miró, se imagino quien era. Este parecía que dormía junto a un gran charco de sangre que se extendía alrededor del mismo.

 Una escopeta de caza, aun llameante observo que acababa de ser disparada.

 Cerró la puerta del cortijo después de ver alejarse el coche fúnebre con   dirección, se magino, al tanatorio más próximo.

 El agua a presión de la manguera desvió el charco de sangre a un desagüe   cercano.

 Aquí no ha pasado nada, pensó. Se rasco la incipiente calva, que ya hacían   traslucir los años, y su cara envejecida por el sol contumaz de las mañanas sufridas al raso.

Hoy me iré pronto a la cama, ha sido una noche  y un día excesivo en emociones. Para olvidar.

Mañana será otro día

                                                                                                                                      Manu & Willy

 

 

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